Sección: Home Literatura Autores Argentinos Juan José Saer (1937 - 2005) parte1
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size

SEPA

Servicio de Educación para el Arte

SEPA Educación para el Arte
 

Juan José Saer (1937 - 2005) parte1

E-mail Imprimir PDF
Indice del artículo
Juan José Saer (1937 - 2005) parte1
Señales en distintas latitudes...
Septiembre de 1973:
Obras editadas...
“La voluntad de construir una obra personal”...
Premios...
De su mochila invisible...
Referencias
Todas las páginas

Aproximación biográfica.

Juan Saer y María, su esposa, eran sirios, oriundos de Damasco y se embarcaron hacia la Argentina.  Residían en Serodino, pueblo del departamento Iriondo al sur de la provincia de Santa Fe y allí nació Juan José, el 28 de junio de 1937.  En enero de 1949 la familia se trasladó a la capital provincial: Santa Fe de la Vera Cruz.  

Juan José Saer cursó el profesorado en Letras. Estuvo vinculado a la “Escuela Documental de Santa Fe” dependiente de la Universidad Nacional del Litoral dirigida por el pionero, poeta y peregrino Fernando Quique Birri a fines de la década del ’50 y base experimental previa a la creación al “Instituto de Cinematografía” de esa universidad. Estuvo vinculado con poetas y narradores que en la capital santafesina integraron el grupo Adverbio, también con integrantes de Poesía Buenos Aires.(1)

Juan José Saer fue Profesor de Historia del Cine y de Crítica y Estética Cinematográfica. Luego, produjo algunos cortometrajes.

“Esta afinidad de Saer con el lenguaje cinematográfico no sólo se hará visible en el tratamiento de algunas escenas de su literatura, sino que le hicieron pensar en la posibilidad de dedicarse a filmar: ‘Mi única y verdadera vocación siempre fue la de ser escritor.  Nunca quise ser pintor, o músico o diplomático o lo que fuere.  Pero en un determinado momento de mi vida, alrededor de los 22 o 23 años, mi pasión por el cine era tan grande que tuve la tentación de dedicarme a ser realizador.  Dos cosas me disuadieron.  Primero, pensar que probablemente no tenía la capacidad para hacerlo, porque el cine es un trabajo físico muy difícil de hacer para una persona perezosa como yo.  Y segundo, porque para hacer cine se necesita mucho dinero, y eso obliga al cineasta a bajar al mundo de las finanzas para poder materializar sus sueños’.” 

Entre sus amigos de aquel tiempo suelen nombrar a “los intelectuales”:

“Hugo Gola, Jorge Conti, Roberto Maurer, a quienes más tarde se sumarían Marylin Contardi, Raúl Beceyro y Luis Príamo, entre otros”...(2)

Saer también era amigo del poeta Francisco Reynaldo Paco Urondo -director General de Cultura durante trece meses a partir de 16 de junio de 1958-; visitaba al casi legendario Juan Laurentino Ortiz, nacido el 11 de junio de 1896 en Puerto Ruiz, provincia de Entre Ríos, estudiante y maestro en Gualeguay, empleado en el registro civil y destacado poeta más conocido como Juanele, desde 1942 residente en Paraná hasta su fallecimiento el 2 de septiembre de 1978...(3)

Esas señales estaban en la memoria de Juan José Saer y no ha sido por casualidad que a fines del siglo veinte, refiriéndose al tradicionalismo y a “algunos aspectos de la originalidad cultural del Río de la Plata, Juan José Saer aludiera al “largo poema narrativo Gualeguay de Juan L. Ortiz, cuyo modo de concebir la poesía modificó radicalmente el paisaje de la poesía argentina”...(4)

Tampoco fue por casualidad que “para entrar en el tema” de “Responso”, a fines del siglo veinte, los editores estacaran:

“...hubo una figura poco difundida entonces pero con muchísimos méritos literarios a la que admiraron y que les marcó un modo de percibir el mundo y de representarlo a través de la palabra: el poeta entrerriano Juan L. Ortiz”.

Sabido es que desde 1962, Juan José Saer vivió en el campo, en Colastiné Norte.

Su pago de Colastiné, sus miradas desde el puente Colgante en el noreste hasta la Boca del Tigre en el suroeste, mientras caminaba o viajaba en taxi o en ómnibus por las calles santafesinas, siguen siendo los lugares donde generalmente sitúa a sus personajes, en una secuencia de cuentos y relatos que casi constituyen una extensa novela porque aparecen y desaparecen: Carlos Tomatis, Higinio Gómez, César Rey, Pichón Garay, el Lalo Lescano; Jorge Washington Noriega que reaparece en la pesquisa, cuando Pichón “le ha mostrado a su hijo la casa de rincón en el recodo del Ubajay”.(5)

No ha sido por casualidad que Saer en su narrativa necesariamente presente a personajes que en distintas circunstancias mueren y parecen esfumarse, casi olvidados.

Así sucede en lo cotidiano, también en lo ficcional...


 

Señales en distintas latitudes...

Juan José Saer, en agosto de 1968 es nombrado en el fascículo 55 de Capítulo – la historia de la literatura argentina están incluidos algunos autores pertenecientes a  las nuevas promociones y entre los nuevos narradores han incluido este comentario:(6)

“Juan José Saer (1937) es otro descendiente directo de las líneas realistas inauguradas en 1955, aunque sus preocupaciones formales y estructurales son por lo general mayores que las de los integrantes de aquella generación.  Ha publicado un libro de cuentos: En la zona (1960), Palo y hueso (1965), Unidad de lugar(1967), una novela corta Responso (1964) y una novela extensa La vuelta completa (1967).  Los cuentos representan acabadamente su primera etapa, abundante en ejercicios de estilo y afinamientos de un instrumental expresivo aún no sometido por completo.  Una excelente muestra de este período es el cuento Los amigos, sostenido por un eficaz lenguaje irónico. Prolonga este momento La vuelta completa, escrita bastante antes de su fecha de publicación, y que recrea, a la manera de los escritores norteamericanos ‘duros’, la vida de una comunidad de jóvenes intelectuales provinciales. En responso, finalmente, el escritor analiza, con mauro sutileza de tono, la perplejidad y la decadencia de un pequeño funcionario de tiempos del peronismo y que a la caída del régimen pierde su puesto y su seguridad moral y vital”. (7)

En 1968 la Alianza Francesa le había otorgado una beca para estudios durante seis meses en Francia. 

Su primer hijo: Jerónimo y después la separación...

Allá, en Francia, Juan José Saer vislumbró otras posibilidades y decidió quedarse cerca del río Sena convencido de la firmeza de su anclaje en las orillas del caudaloso río Paraná. 

Fue designado Profesor en la Facultad de Letras de la Universidad de Rennes (Francia).

Es necesario tener en cuenta que el 3 de mayo de 1968, se encendió la chispa que iluminó al Mayo Francés durante la crisis generada por sucesivos conflictos sociales. Ese tercer día de mayo, fueron reprimidos los estudiantes de la Facultad de Filosofía de Nanterre que protestaban ante el anuncio del cierre de ese organismo universitario y detuvieron a seiscientos.  Desde el 6 hasta el 10 de mayo, las expresiones de diversos grupos expresaban el rechazo a la guerra de Argelia, demandaban el respeto a sus derechos a la libertad de expresión y los estudiantes  exigían renovaciones pedagógicas, en un intento de transformar la universidad burguesa en una universidad socialista. “¡La imaginación al poder!” pintaron sobre los muros en las calles parisinas y también  las consignas: “El comienzo de una larga lucha”, “El derecho a vivir no se mendiga, se toma”.  Se oponían a los criterios pedagógicos sustentados en la Sorbona. En un documento, expresaron: “...Hoy los estudiantes resisten.  Su único crimen es el de rechazar un sistema social autoritario... Ese único crimen lo pagan con los garrotazos y la prisión.  /.../  En Berlín, miles de estudiantes han hecho tambalear un Estado fuerte y reaccionario.  En Italia miles de estudiantes impusieron su derecho a cuestionar el sistema social. En España, en Inglaterra, en Brasil, en México, y en Lovaina, por toda Europa y por todo el mundo los estudiantes enfrentan en las calles a las fuerzas del orden burgués...”  Entre el 10 y el 11 de mayo, “la noche de las barricadas”, destrozaron doscientos automóviles, fueron heridas cuatrocientas personas y cuatrocientas cincuenta, detenidas. El 13 de mayo resultó evidente la presión generada por la huelga general de diez millones de trabajadores convocados por la CGT.  Un millón de obreros y empleados manifestaron sus protestas por las calles de París aunque los sindicalistas quedaron desubicados porque no podían enmarcar sus demandas en la legalidad dado que habían ocupado fábricas y hasta se multiplicaba la práctica de autogestión. El presidente General Charles De Gaulle había viajado a Rumania y debió regresar mientras estaban interrumpidos los servicios de transportes terrestres y aéreos.  El 24 de mayo, De Gaulle ya había disuelto la Asamblea Nacional y convocaba a un referéndum y a elecciones legislativas, con el lema “En defensa de la República contra la revolución comunista”. Triunfaron los “gaullistas” y se serenaron los ánimos, mientras De Gaulle insistía: “...ya Francia no será la misma”.  Entre tanta incertidumbre, los estadounidenses seguían bombardeando las aldeas de Vietnam.  Asesinaron a Martín Luther King, Premio Nobel de la Paz y tres meses después, al senador demócrata Robert F. Kennedy candidato opositor a los republicanos, triunfantes luego con Richard Nixon en la Casa Blanca...

Entre los argentinos, el doctor Miguel Bellizi con su equipo de especialistas, en la Clínica Modelo de Buenos Aires realizó el primer trasplante de corazón a Antonio Enrique Serrano, paciente en epicrisis al cuarto día.  El 19 de septiembre de 1968, desde la localidad de Taco Ralo en Tucumán -desde 1816 la cuna de la independencia argentina...-, se expandía otro llamado de atención generado por el grupo guerrillero dirigido por Envar El Kadre -27 años-, según informaciones de aquellos momentos, un grupo de “peronistas” que integraban la FAP, Fuerzas Armadas Peronistas.  Detuvieron a catorce guerrilleros y El Kadre, años después durante un reportaje expresó:  “...nuestro objetivo principal era el de desarrollar la lucha por el retorno de Perón a la Patria y al poder.”  En noviembre de 1968, fracasó el golpe militar organizado por el general Enrique Rauch contra el general Juan Carlos Onganía, acusándolo de “no defender la soberanía nacional... atacaban también a los ‘ladrones públicos’ y a la delincuencia económica”. No lograron derrocar a Onganía pero se generó mayor incertidumbre en el vasto territorio argentino...  

 


Septiembre de 1973:

Durante el otoño de 1973, en el hemisferio norte, en el “Magazine Littéraire” de Nº 151-152, publicaron lo expresado por Saer en “un artículo”:

“No escribo para exhibir mi pretendida argentinidad...

No hablo como argentino sino como escritor.

Ser narrador exige una enorme capacidad de disponibilidad,  de  incertidumbre  y de abandono...

Todos los narradores viven en la misma patria: la espesa selva virgen de lo real”. (8)

En la década siguiente, el periodista y poeta Gérard Cortanze le preguntó: ¿Qué lazos estableces entre el cuerpo y lo escrito?

Saer, una vez más asombró con otra revelación:

“Escribo a mano.  Cuando uso la máquina de escribir tengo la impresión de escribir desde afuera de allí la utilidad de la máquina para pasar en limpio un borrador.  Pero para el primer flujo la escritura a mano es, en mi caso, esencial.  Se me replicará que finalmente la lapicera es una ‘máquina’, un objeto extraño cuyo manejo exige un aprendizaje tan largo y especializado como el de la máquina de escribir.  Pero conviene notar que si estoy sentado delante de la máquina, mi cuerpo está derecho y rígido y mis dedos se deslizan rápidamente sobre las teclas, mientras que si escribo a mano incorporo el instrumento, tomándolo entre el pulgar y el índice, haciéndolo pasar en el ángulo así formado, apoyándolo en el borde del dedo medio y en el ángulo interdigital, contra el hueso de la mano y al mismo tiempo el tronco y la cabeza que se inclinan sobre el cuaderno, la mano derecha que se desliza sobre la hoja, el antebrazo derecho que se apoya en el borde de la mesa, y el izquierdo que mantiene inmóvil el cuaderno abierto sobre su margen superior, forman una especie de esfera donde el cuerpo recibe el útil y lo resuelve como en un capullo.  La punta de la lapicera sostenida de esa manera deja sobre la página blanca trazos de nuestro propio cuerpo (porque en definitiva todo sale de ese cuerpo), más inclinado, en su intimidad, a librar su secreto.  El cuerpo es un paradigma del mundo y por decir así, lo contiene.  Cuando levanto la cabeza para echar una mirada alrededor, si quiero describir lo que veo, el paso por el cuerpo de los elementos de mi visión es ineludible, porque es a través de este pasaje que el cuerpo puede hacerlos descender, transformados por su alquimia, en la pluma.  Sin mi cuerpo, el instrumento no es nada; es un objeto inerte, paradigma, a su vez, si se quiere de un pueblo inhumano.

Por otra parte todo el cuero interviene en el acto de la escritura, el cuerpo material, macizo, sentado en la silla, sin cesar en movimiento y acompañado por sus latidos, sus estremecimientos, sus sobresaltos, al trabajo de escritura.  Las piernas, allá abajo, las nalgas y los muslos que reposan en la silla, los músculos, los nervios, el cerebro, la sangre.  La respiración cambia, se modifica; el hambre y la sed acosan, el humo de los cigarrillos entra y sale de los pulmones.  A la menor hesitación, a la menor duda, la cabeza se mueve, gira hacia la ventana, hacia lo Abierto como diría Rilke; después, tras una pausa, los talones empiezan a golpear impacientes contra el piso.  Al mismo tiempo un cuerpo imaginario, inerte, interno, enturbia continuamente a las imágenes que la escritura trata de dar forma; muchos cuerpos, fragmentarios, fugaces, se presentan a la conciencia, a la memoria o a la imaginación, sin haber obedecido, aparentemente a ningún llamado y como aparecieron desaparecen.  La escritura, en el sentido grafológico, perfectamente individualizado, lleva las marcas del cuerpo que la ha sembrado en la página.  Y ese cuerpo, cuyos innumerables signos pueden seguirse en los trazos de lo escrito, se deposita poco a poco, a lo largo de los años, en la obra que es, según la vieja denominación latina, también ella, un corpus.  Escribir es así una especie de traslado en que lo vivido pasa, a través del tiempo, de un cuerpo al otro.”

 

Durante su residencia en Francia, siguió escribiendo en castellano. Terminado el período del autodenominado proceso de reorganización nacional, en la vida de Juan José Saer era tiempo de celebración junto a su esposa Laurence  Guéguen, porque crecía Clara, su hija. 

En 1955, Francisco Porrúa había puesto en marcha la editorial Minotauro y estaba relacionado con Sudamericana, hasta que “el lector secreto” decidió cambiar su rumbo y en 1977 partió hacia Barcelona, donde siguió con aquella empresa editorial, incluyendo obras de autores argentinos y entre ellas, de Juan José Saer.(9)

Hay en la escritura de Saer, sucesivas señales acerca de los hábitos de bebedores y jugadores, casi en el deslinde entre el ocasional disfrute y los límites de la adicción.  

Saer dedicó a sus dos hijos Jerónimo y Clara, el libro Narraciones / 1, volumen editado en Buenos Aires en mayo de 1983: incluye la novela Responso y un conjunto de cuentos, entre ellos Sombra sobre vidrio esmerilado con dedicatoria “a Biby Castellaro”, a quien dedicó también Cicatrices, publicado en enero de ese año en la misma colección, Capítulo – Las nuevas propuestas en enero de 1983. (10)

Tras la lectura de aquellas dedicatorias, en la memoria están latentes las señalas de Saer en Biografía anónima:

“Cuando nuestra esposa queda embarazada nos entretenemos, el último mes, en poner el oído sobre su vientre y oír lo que se mueve adentro, el rumor de la criatura que empieza a preparar su desprendimiento y su caída hacia el interior de esa maravilla múltiple que es el mundo.  Instintivamente, cerramos los ojos, palpitantes, aterrados, porque nos parece que de un momento a otro podremos oír, nítido, el estruendo de ese choque formidable.”  (11)

Más obras de Saer fueron seleccionadas a principios de la década del ’80 para integrar la colección Capítulo – Las nuevas propuestas del Círculo Editor de América Latina de Buenos Aires y en Narraciones / 2,  reeditaron cuentos de su primer libro En la zona, entre ellos El asesino escrito en 1958 y publicado en 1960.

En tal relato, uno de los personajes es Clara, Clarita... la mujer a quien “le saltaron las lágrimas” y “quedó boquiabierta” por el relato de Rey, el celoso que había visto a una muchacha “desde el café mientras seducía a un estudiante” y había pensado “seguirlos y asesinarlos” hasta que minutos después, les dijo que se estaba riendo de ellos.  Finalmente confesó:

“Temblé un poco. Lo juro.  Después me pareció ridículo, fuera de mis posibilidades... Lo pensé con todas mis fuerzas: ir por detrás de ellos y matarlos. ¿Es un crimen acaso?”(12)  

Sabido es que Juan José Saer realizó viajes por distintos países, desde mediados de la década del ’80 estuvo en Buenos Aires en varias Ferias Internacionales del Libro y pasaba por la capital santafesina donde como lo ha reiterado, sentía con mayor intensidad cualquiera experiencia cotidiana, tanto al mirar hacia el río y la llanura como mientras dialogaba con amigos o compartía un asado con pan y vino o la tradicional cerveza...

Sus trabajos fueron publicados y comentados en diarios de distintos países.

Fue profesor en la Universidad de Rennes y en el 2002 obtuvo la jubilación en tales funciones.  A partir de ese año, fue colaborador de La Nación de Buenos Aires.

Como sucede con los europeos y americanos que pueden viajar durante el verano hasta las costas del Mediterráneo, Saer disfrutaba de las vacaciones en Cadaqués, una localidad donde poderosos pobladores disponen de modernas embarcaciones, cercana a Figueras, donde vivieron Salvador Dalí y su amada-amante Gala, a treinta y siete kilómetros de Gerona...(13)

El talentoso escritor Gastón Gori durante un diálogo acerca del “oficio y compromiso del escritor” con el periodista Rogelio Alaniz -diario El Litoral de Santa Fe de la Vera Cruz-, tras una pregunta referida a Saer, contestó: 

“Lo conocí de muchacho. Era una persona de gran empuje, pero su obra trascendió luego.  Siempre me impresionó como muy talentoso, muy audaz... y muy creador de situaciones espectaculares y falsas (risa)...”

A principios de enero de 2003, cuando Gastón estaba declinando en su salud porque padecía un cáncer de próstata, dialogó en su hogar -bajo la bignonia- con dos jóvenes periodistas de ese único diario en la capital provincial y al ser interrogado acerca de Juan José Saer, contestó:(14)

“-A Saer no lo leí bastante, porque yo lo conocí de joven y después lo perdí de vista.”

Tras una alusión a su viaje a Francia, Gastón afirmó:

“-Sí, se fue con todos los libros de Conrad, Joseph Conrad, con los libros míos, de cuentos... se fue con todos los libros míos (risas).

Sí (risas). Me dejó sin un libro de Conrad... ¿tanto le gustaba? (risas y más risas)”.

(Agrego en los primeros días de julio de dos mil cinco.  Hasta lo que leí en las publicaciones de Saer, encontré una cita suya referida a la obra del polaco Joseph Conrad; Teodor Josef Konrad Korzeniovski, 1857-1924, Premio Nobel de Literatura en 1949. 

En su ensayo elaborado al conmemorarse el centenario del nacimiento de Faulkner (1897, Albany, Estados Unidos), Saer refiriéndose a “errores o deformaciones inexplicables” en Gambito de caballo, expresó: “uno de los personajes principales es calificado vagamente de sudamericano, cuando se trata en realidad de un jinete argentino oficial de caballería y que para colmo se llama Gualdres (Gualdes en la otra versión”... En consecuencia, Saer afirmó: “...a mi juicio, Faulkner había leído Don Segundo Sombra, cuya versión inglesa es de los años treinta.” /.../  “En realidad, la afición de Faulkner por los caballos que abundan en su vida y en su obra, nos permite suponer de su parte una curiosidad lógica por el Río de la Plata, no solamente a través de Güiraldes, sino también de Cunninghame Graham y de Hudson, por la amistad de éstos con Conrad que fue, como es sabido, una de las influencias mayores que determinó la evolución de la prosa y de la composición narrativa en la obra faulkneriana (el relato oral de ¡Absalón, Absalón! Se inspira del mismo procedimiento utilizado por Conrad en varios de sus textos, pero sobre todo en El corazón de las tinieblas.

Y en cuanto a la presencia de Sansón Carrasco en Gambito de caballo, únicamente en apariencia es inesperada, sobre todo para quien recuerda que Faulkner declaró alguna vez: ‘Leo el Quijote todos los años, como otros leen la Biblia’.  A diferencia de ciertos autores que pretenden idolatrar a Fulano o a Mengano sin que un solo indicio del respeto por esos supuestos maestros aparezca en sus libros, las de Faulkner no son vanas palabras.  En ninguna de sus grandes novelas falta un Quijote: el periodista de Pilón que toma a su cargo a la familia de aviadores, o Byron Bunch que, en Luz de agosto, igual que el penado alto en Las palmeras salvajes, se transforma en protector de una muchacha embarazada, o Quentín Compson que carga en sus espaldas, tan frágiles como las de Alonso Quijano, la culpa no únicamente de una familia, sino hasta de una clase, una región, un país entero”...(15)

 

Saer tras la publicación de Las nubes ya en el ocaso del siglo veinte, durante un reportaje expresó: “Hace algunos años leí una biografía de Conrad que decía que éste, al final de su vida, ya no podía inventar más tramas contemporáneas, y que sólo volvía a los viejos temas y a los viejos ambientes del pasado. Yo no quiero que me pase lo mismo, aunque tengo una profunda admiración por Conrad. Pero pienso que todos los sacrificios de un artista los aprovecha siempre alguien que viene después. Yo no quiero encerrarme en lo ya hecho y tengo ganas de hacer algunos esfuerzos suplementarios en estos últimos años que me quedan de vida para compenetrarme con la contemporaneidad”...

 

(Sabido es que Conrad narró la historia de un personaje que vivió abismado en su sueño de grandeza, deseando establecerse en Europa, con su hija... mientras “paseaba distraído la mirada sobre el ancho río... hinchado por las lluvias” y que “se mostraba ante los ojos abstraídos de Almáyer, encrespado por olas violentas y cenagosas, arrastrando pequeños montones de maderas, enormes troncos muertos, y árboles enteros desarraigados con ramas y follajes, entre los cuales el agua formaba remolinos y rugía con furia”...(16)

No fue por casualidad que Almáyer siguiera con la vista el recorrido de aquel árbol y pensara “hasta qué infinitas lejanías le arrastraría el mar” mientras su viva fantasía, “se adelantó al árbol en su imaginario viaje, y su memoria, retrocediendo unos veinte años o más, vio a un joven y delgado Almáyer, vestido completamente de blanco, de modesta apariencia”... 

Tiempo después se quedó “como petrificado de asombro y horror” al advertir que había un cuerpo humano “recién sacado de entre los troncos” y pensó que podía ser su hija.  Fue entonces cuando estuvo junto a la mujer que cubrió ese cuerpo con un velo y cuando decidió apartar “a su mujer a un lado”...  Era el cadáver de un extranjero, un malayo muerto.

Luego, “un extraño desvarío había tomado posesión del cerebro de Almáyer, perturbado por esta nueva desgracia.  Le pareció que durante muchos años había estado cayendo en un profundo precipicio.  Día tras día, mes tras mes y año tras año, había estado cayendo, cayendo, cayendo”...(17)

Almáyer necesitaba ganar dinero y vendía explosivos. Cuando había, tomaba vino y ginebra... vociferaba... “Ustedes no gobiernan en este país.  Yo he tenido que cuidar de mí mismo”...(18)

Era un celoso guardián de su hija y de sus bienes, hasta que “en la inmortal  de La locura de Almáyer, ese refugio donde que(19)

Por algo Conrad destacaba: “Yo insisto no en los acontecimientos, sino en su efecto sobre las personas del argumento”.

 

Han reiterado que Conrad, “trabajaba  despacio... componía”... sus cuentos y novelas psicológicas.

¿Se perciben ahora más señales que orientan hacia otras confluencias?...)


Obras editadas...

Cuentos

1960: En la zona. (Santa Fe, Editorial Castellví. Título mencionado en “Capítulo – la historia de la literatura argentina”,  “Los contemporáneos”, Buenos Aires, fascículo 55, “Las nuevas promociones: la narrativa y la poesía; Los nuevos narradores”, p. 1303.  Reeditado.)

1965: Palo y hueso. (Buenos Aires, Camarda-Juniors Ediciones.)

1967: Unidad de lugar. (Reed. 1996, Seix Barral.

“El gran libro de relatos de Juan José Saer. Un libro de culto. El libro que cambió la forma del relato después de Jorge Luis Borges. Una obra maestra del cuento. El nuevo narrador argentino”, dijo Ricardo Piglia.

1976: La mayor.  (Buenos Aires, Planeta, 1976. Reed. CEAL, vol. 169, 1982; Seix-Barral. 1998.)

1983: Narraciones 1  (CEAL, v. 194, Cuentos de Unidad de lugar y reedición de la novela Responso.)

1983: Narraciones 2. (CEAL; continuación el anterior.)

Novelas

1964: Responso. (Primera Edición, Buenos Aires. Reed. en Narraciones 1. (CEAL).  Buenos Aires, Seix-Barral, 1998.

Buenos Aires, Planeta, 2000, 2ª ed. abril de 2002.)

1966: La vuelta completa. (Rosario, Santa Fe; Ed. Biblioteca “Constancio C. Vigil”.)

(En “Capítulo – la historia de la literatura argentina,  Los contemporáneos”, Buenos Aires, fascículo 3, agosto de 1967, p. 71, Juan José Saer está incluido entre las “últimas promociones (nacidos después de 1935)” y mencionan “Responso, 1964; La vuelta completa, 1966; etc.”(20)

1969: Cicatrices. (Buenos Aires, Sudamericana. Reedición: Vol. 179, CEAL, Buenos Aires, 1983.) Traducido al francés con el título “Le mai argentin”, París, Denoel, 1976. Reed. Seix-Barral, 1994.)

1974: El limonero real. (Buenos Aires, Planeta. Reedición CEAL, 1981; otra editorial en el 2002.  Traducido al francés: Les grands paradis, París, Flammarion, 1980.)

1980: Nadie nada nunca. (México, Siglo XXI.  Traducido al francés, París, Flammarion. / Reedit. Seix-Barral 1995.)

1983: El entenado.  (Buenos Aires, Editorial Folios. Algunos críticos de arte la reconocieron como su mejor obra. Traducido al francés: L’ancetre (París, Flammarion.)

1985: Glosa. (Reed. Seix-Barral, 1995.)

1986: La ocasión.  Distinción: “Premio Nadal”. (Barcelona, Editorial Destino. Reed. Seix-Barral, 1997.)

1992: Lo imborrable. (Reed. Buenos Aires, Seix Barral, Biblioteca Breve, 2003.)

1994: La pesquisa. (Buenos Aires, Seix Barral. Edición del F.E.C.C., presentación en la Feria del Libro de La Habana, 06-02-2003.)

1997: Las nubes. (Buenos Aires, Seix Barral.)

2000: Lugar. (Buenos Aires, Seix Barral.)

Hay en los relatos, diferentes y sorprendentes lugares. Recorrido placentero confirma lo que Saer expresó: “hay que reconocer que casi todas las grandes iluminaciones, exaltaciones, conversiones o revelaciones de los tiempos modernos provienen de la lectura”...

2001: Cuentos completos. Cuatro relatos inéditos, Seix Barral.

Cuentos y ficciones, los primeros textos escritos en 1957 y los últimos a fines de ese siglo, en el 2000, resultando una vez más la evidencia de que “lo imaginario es grande, multiplicado, diverso”, mientras la memoria sigue convocando a conocidos personajes de la zona cercana al Paraná, a Colastiné...

Poemas

1977: El arte de narrar. (Venezuela, Edición Fundarte.)

          (Poemas, única edición de ese género, desde su lugar, convencido de que “no importa cómo se llame la ciudad en la que esté, se está siempre en la tierra natal”... Saer parece estar convencido de que “los campos de la oscuridad son el lugar / donde mejor se ve” y cree que el poeta, el escritor “almacena recuerdos falsos / para memorias verdaderas”...

Reeditado en la década del ’90 por Seix Barral, Buenos Aires.)

Ensayos

1988: Para una literatura sin atributos. (Conjunto de artículos y conferencias.)

1991: El río sin orillas (tratado imaginario).

Rememoración de una parte de la historia de los hombres del río de la Plata, la historia de los argentinos... según sus palabras: “entresacado de libros, de referencias orales y de experiencias personales”...

Durante un reportaje, el 23-11-2003, Saer dijo que fue un libro escrito por encargo, en 1989... En esa circunstancia, explicó cómo se desarrolló ese proceso de elaboración que incluye recuerdos de la infancia. 

1997: El concepto de ficción. (Buenos Aires, Editorial Ariel.)

1999: La narración-objeto.


 

“La voluntad de construir una obra personal”...

Mila Cañón, vinculada con la Universidad Nacional de Mar del Plata y la Universidad Complutense de Madrid, ha expresado algunas de sus conclusiones en torno al casi incontenible ímpetu que movilizó a Juan José Saer en el proceso de elaboración de sus obras.

No es por casualidad, que tras la lectura de sucesivas obras de Saer, se advierta una continua coherencia en las formas de expresión y la constante construcción de una poética propia, ya que como él lo ha manifestado, desde sus primeros trabajos supo ser perseverante en “la voluntad de construir una obra personal, un discurso único, retomado sin cesar para ser enriquecido, afinado, individualizado en cuanto al estilo”.

Tampoco fue por casualidad lo destacado por Mila Cañón, evidentemente una de sus tantas alertas lectoras:

“La primera producción de Saer responde a una narrativa breve en la que fundamentalmente se evidencia la tensión en la representación entre el efecto de realismo (dado por la reunión de amigos, la descripción y la referencia al contexto geográfico, e histórico, la jerarquización de lo cotidiano...) y la intención de escenificar el acto de escribir en la escritura misma (como contrapartida de...), acompañada por múltiples mecanismos que en germen fluirán en el resto de sus textos.”  


 

Premios...

Juan José Saer recibió el Premio “France Culture” que es otorgado al mejor autor extranjero con ediciones en Francia.

En octubre de 2004, en París otorgaron el “XV Premio Unión Latina de Literaturas Románicas” -creado en 1990-, a Juan José Saer y al rumano Virgil Tanase.  Los miembros del Jurado expresaron que habían valorado “una obra rica y variada de modo silencioso, alejado de los grandes circuitos de la publicidad literaria”.

En ese tiempo ya estaba enfermo (cáncer de pulmón) y soportaba los efectos del tratamiento con quimioterapia. Al mes siguiente, no pudo asistir al III Congreso de la Lengua inaugurado en Rosario el 17 de noviembre de 2004 con presencia de los Reyes de España.  Envió una extensa carta que fue difundida por distintos medios.

La semana siguiente, el 24 de noviembre, entregaron aquel XV Premio en Roma y tampoco pudo estar para recibirlo.


 

De su mochila invisible...

Por algo, entre diciembre de 1962 y enero de 1963, Juan José Saer había necesitado escribir su novela Responso, dedicada a Roberto Maurer, destacado periodista en el santafesino diario “El Litoral”. 

En sucesivas anécdotas, Saer describe lo sucedido desde el atardecer hasta el amanecer: otra aproximación del fabulador Alfredo Barrios a la casa de Concepción, aunque ya se habían separado... 

Describió Saer lo sucedido cuando “el reloj de la iglesia de Guadalupe dio las siete”:

Era el 5 de diciembre de 1962...

Un perro ladró en la lejanía, y Barrios, exactamente como había sucedido con las campanadas del reloj de la iglesia, continuó oyendo el ladrido hasta mucho tiempo después que se hubo disipado.  ¡Qué deleite ese crepúsculo! Sentía admiración por ese poder secreto emergido de las cosas que lo rodeaban, un poder capaz de elevarlo de golpe, y a pesar suyo, a una esfera mágica.  Años hacía que no experimentaba algo semejante, quizás desde antes de haberse separado de Concepción; sí, desde mucho antes ahora lo recordaba.  Había sido en el año 51; al pronunciar las palabras ‘Alfredo Barrios, mi general, Secretario General del gremio de los trabajadores de la prensa’, mientras le estrechaba la mano a aquel hombre sonriente, picado de viruela, que lo miraba con cierto asombro afectuoso, él había sentido un estremecimiento extraño, un temblor en la voz, y de golpe, se había sentido elevado hasta aquel mundo mágico.  Once años habían pasado, pero sin ningún esfuerzo podía recordar, uno tras otro, mil detalles que había percibido en un instante de duración infinitesimal, en un relámpago de comprensión; un doblez en el saco del Presidente, las caras de sus compañeros de delegación, el travesaño de madera trabajada de una silla oscura, la luz de invierno penetrando a través del ventanal del despacho, la larga mesa, la textura del aire, todo, todo.  Le resultaba inexplicable esa elevación súbita y plácida al mismo tiempo, y ante ella el resto de su vida parecía un sueño, una pesadilla.  La comprobación de que esos momentos eran un despertar intenso y fugaz a ese sueño constante, atravesó su pensamiento como una estrella fugaz y borrándose enseguida como pensamiento persistió en su interior como una vaga inquietud”...(21)

Por algo, Juan José Saer escribió aquella historia sobre Alfredo Barrios y Concepción después de la separación, cuando ella se había animado a decir:

“...-Ya por tu orgullo y por tu vanidad no te parecés a nadie.  No conozco a nadie que tenga tantos humos en la cabeza.  Deberías mirarte al espejo más seguido.

...Barrios experimentó cierto placer al sentirse reprendido y su placer se hizo más intenso cuando comenzó a mentir de un modo descarado:

-Bueno -dijo.  Hay gente que no piensa como vos.  La gente de ‘La Nación’, por ejemplo.  Ayer recibí una carta donde me piden una serie de notas sobre el problema de la agricultura en esta zona.

Concepción alzó la cabeza golpe, mostrando un rostro iluminado.

-No digas! -exclamó.

-Sí -dijo Barrios, tan orgullosamente como si se hubiese olvidado de que semejante acontecimiento era pura fábula-.  Me ofrecen tres mil pesos por nota.  Saben que soy el mejor periodista de la ciudad.

...-¿Les contestaste?  - Hizo la pregunta con un ligero temblor en la voz. /.../

-No -dijo Barrios en medio de su sonrisa- Estoy pensando bien la propuesta.  Además, no tengo máquina de escribir”. /.../

-No digas no sé -dijo Concepción-.  Tenés que contestarles.  Tenés que hacer ese trabajo aunque sea gratis.

-¿Gratis? -Barrios emitió otra vez su risa cascada, la risa de un hombre de noventa años.  Sus ojitos grises, inquietos y asustados, redujeron todavía más la alegría casi inexplicable de su rostro-.  Nunca trabajaría gratis, y menos para ‘La Nación’.  Además, ya te digo: no tengo máquina de escribir.  Necesito una portátil para viajar a la campaña.

Concepción se echó a reír, infantilmente. 

-Yo tengo una -dijo.

-¿Podés prestármela?

Concepción vaciló un momento.

-Es del Ministerio de Educación.  La tengo en casa por unos días... /.../

-No puedo prestártela más que por tres días, Alfredo -dijo-.  Tengo que devolverla al ministerio.” 

Después, Saer relató “porqué Concepción dejó a Barrios”:  (22)

“El 55 no fue un año bueno para Barrios.  En realidad no fue un año bueno para nadie, en este país por lo menos, y hasta los que volvieron a estar por fin en el candelero, después de un paréntesis de abroquelada oscuridad, cuando, si es que lo hacen piensan de pasada en el 55, deben sentir una cosa fría por el espinazo y por dentro un estremecimiento intolerable.

Barrios fue uno de esos hombres que sufrieron la cosa en carne propia, no porque la política le interesara mucho, sino exactamente por lo contrario; porque hasta antes del 55 había ido en busca de un mito con toda la fuerza de su corazón, que era propenso a la plenitud y a la magia, y si hubiese sido un político habría sido capaz de comprender los hechos que lo destruyeron, sin haber sido destruido por ellos.  Por deficiencias de información había amado siempre la lealtad y la justicia, y sus problemas se habrían reducido si en vez de periodista hubiese sido, por nacimiento o situación, chapista, ferroviario o carpintero. El haber sido secretario general del Sindicato de Prensa desde el año 48, fue una cachetada involuntaria que Barrios les dio a sus semejantes en pleno rostro, una cachetada que sus semejantes se cobraron, lógicamente y con usura, en el 55.  La verdad es que ellos se habían herido a sí mismos mediante su falta de coraje, su vanidad, y sus intereses, y es sabido que no hay cosa que envenene más el alma de un hombre que estos tres elementos.  Es sabido también que si un hombre quiere, puede disimular cualquiera de esas tres particularidades, o todo tipo de miseria moral, fingiendo que alguna otra esfera de su persona ha sido agredida o menoscabada; y que si un grupo de hombres apela al mismo subterfugio para justificar una actitud, el resultado puede ser una acción colectiva cuyas consecuencias hagan dudar con fundamento de la condición humana”.

Juan José Saer en el párrafo siguiente, liberó evidentemente, las señales que pulsaban en su memoria desde el 16 de setiembre de 1955, cuando grupos militares y civiles -entre ellos radicales y socialistas- pusieron en marcha la autodenominada Revolución Libertadora y destituyeron al general Juan Domingo Perón presidente electo por amplia mayoría desde el 4 de junio de 1946, reelecto y en tales funciones desde el 4 de junio de 1952. 

El 16 de junio de 1955 resultó evidente que aquellos grupos opositores ya estaban operando como impetuosos subversivos del orden constitucional porque al mediodía, aviones de la marina bombardearon la zona de la casa de gobierno, en torno a la Plaza de Mayo: murieron 385 personas, entre ellas aproximadamente cuarenta niños que trasladaban en un ómnibus y en distintos hospitales fueron atendidos dos mil heridos... Tras ese salvajismo, resultó evidente otra barbarie como expresión del enfrentamiento entre sectores del gobierno y autoridades eclesiásticas: reaccionaron diversos grupos con manifestaciones en las calles e incendiaron iglesias en la ciudad de Buenos Aires.

Al año siguiente, los libertadores, entre el 9 y 12 de junio de 1956 fusilaron a militares y civiles que intentaron manifestar su defensa de la democracia... y mientras tanto, seguía funcionando la Junta Consultiva organizada por ese gobierno provisional y constituida por civiles pertenecientes a diversos partidos políticos, incluso la doctora Alicia Moreau de Justo, militante desde el socialismo.

 

Por algo, quien haya aprendido la historia de los argentinos interpretará con mayor precisión lo escrito por Saer, igual que sucedió con lo expresado por Ernesto Roque Sábato en El otro rostro:

“Aquella noche de setiembre de 1955, mientras los doctores, hacendados y escritores festejábamos ruidosamente en la sala la caída del tirano, en un rincón de la antecocina vi cómo las dos indias que allí trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas...

Muchos millones de desposeídos y trabajadores derramaban lágrimas en aquellos instantes, para ellos duros y sombríos.  Grandes multitudes de compatriotas humildes estaban simbolizadas en aquellas dos muchachas indígenas que lloraban en una cocina de Salta.”

 

Por algo, Saer escribió: (23)

“Cuando el 21 de setiembre de 1955 Barrios entró en el Sindicato de Prensa, no se le ocurrió pensar que esos quince hombres que lo aguardaban con rostro severo, de pie y en semicírculo, en el patio del edificio, bajo un prístino sol de primavera, pudieran sentirse tan ofendidos; tenían caras iguales, pero no por los rasgos sino por la emoción que los transfiguraba: más que una emoción que estuviese invadiéndolos parecía una emoción de la que se estuviesen recuperando.  Lo que Barrios esperaba que sucediese era poco, casi nada; pensó que iban a decirle que el Sindicato acababa de ser intervenido y que su función había terminado.  No fue así, sin embargo.  Ninguno de los quince hombres habló; se limitaron a mirarlo fijamente, inmóviles, en semicírculo bajo el turbio cielo azul de primavera, en tanto el tumulto de la muchedumbre, una columna llena de ímpetu y jolgorio que agitaba banderitas de papel desde las veredas o desde las ventanillas de los automóviles que avanzaban a lo largo de la calle San Martín haciendo sonar sin cesar la bocina, recorría la ciudad como un solo hombre, asaltando todos los sitios donde pudiera encontrarse cualquier vestigio de adhesión al peronismo.  También ese exceso de barbarie era el resultado de una íntima convicción de falta de coraje y demasiados melindres para iniciar una acción, porque de los innumerables integrantes de las largas y unánimes manifestaciones, muy pocos habían hecho otra cosa que no fuese haber pasado los últimos días temblando de incertidumbre y espanto, sentados junto a la radio.  Gran parte de los manifestantes hicieron pagar al peronismo la deuda que tenían con su propia conciencia.  Si hubiesen sido lo suficientemente honrados como para reconocer el porcentaje de miedo que todo hombre razonable debe experimentar ante un gobierno cualquiera, en vez de tratar de ocultarlo detrás de una ideología mentirosa, su respuesta humana ante el peronismo habría sido menos salvaje y destructora.  Por eso los quince hombres que esperaban a Barrios en el patio del sindicato, tiesamente reunidos en semicírculo, bajo el sol de la mañana, permanecieron callados, mirándolo fijamente. De todos ellos, uno solo abrió la boca, pasado un momento.  Lo hizo para comentar que una hora antes, en la estación de trenes, un grupo de ferroviarios había disparado desde los ventanales contra la muchedumbre que trataba de forzar las puertas para echar abajo las efigies del vestíbulo.  La muchedumbre se había dispersado desordenada y locamente, y en el medio de la calle, recibiendo la luz solar en la mueca del rostro semiborrado por la muerte, había quedado un hombre tendido, la sangre manando en borbotones cada vez más débiles de su cabeza.” 

 

Por algo, Juan José Saer necesitó dejar algunas señales en El poeta septuagenario:

“Comí los alimentos del mundo.  Mi mano tocó piedras de ciudades famosas.  /.../  En mi mente martillean versos férreos, ajenos. Resuenan en mí como la primera vez. La belleza que para Platón era reminiscencia, para mí, indefenso y libre, no es más que actualidad. /.../

Lo que nos salva a nosotros, los viejos, es ver arder detrás el mundo, depositado sobre un lecho de ceniza palpitante”.   /.../

“Que otros gocen hoy de la maravilla del nacimiento y del sabor de la primera entrega perfumada del mundo, o de una muchedumbre de fiestas nocturnas. El sol de los ciegos es más negro que la noche y el nacimiento más perfecto es la muerte.  Mi luz es única.  No la puedo cambiar”... (24)

Por algo, Saer necesitó escribir sobre “el que se llora”  y terminó diciendo:

“Para ver el dolor, tenemos que estar en él.  Pero lo que sorprende todavía más es que el que se llora, el que ve su cadáver o se conduele de su propia muerte, está parado en un punto tan singular de la gran llanura de la pena que su llanto es al mismo tiempo recuerdo y anticipación.  En las grandes llanuras el hombre es siempre circular, idéntico, vacío y monótono.”

De las siestas de otoño, Saer expresó:

“Pasamos por la plaza de las palomas, vamos a la costanera, nos inclinamos sobre una baranda y miramos el río”. /.../

“De golpe, nos quedamos sin hablar.  Lo que llamamos el murmullo, el rumor de los años vividos, el ruido de lo recordado, va pasando, poco a poco, hasta que enmudece por completo. Entonces se empiezan a escuchar los sonidos de afuera, un auto, dejos, el grito de dos chicos que se llaman uno al otro más allá del parque y de la gran rotonda de la costanera”...

“Me he sorprendido en esos momentos preguntándome con un pavor súbito: ‘¿Quién soy y qué hago aquí?’...”  (25)




1 Orbea de Fontanini, Nidia A. G. Universo Vittoriano. Aproximación a la obra literaria del periodista y escritor José Luis Víttori, Miembro Correspondiente de la Academia Argentina de Letras. (Edición Homenaje, fuera de comercio.) / Víttori fue uno de los integrantes del grupo “Adverbio”.  En ese libro reiteré que “desde el punto de vista del cuentista Edgardo A. Pesante, el Grupo Adverbio’, reunió ‘a casi todos los escritores jóvenes de Santa Fe que no han cumplido los treinta años y han superado ya los veinte. Políticamente son antiperonistas, ideológicamente se da en ellos por entonces una amplia gama izquierdista y, literalmente, en lo que a narrativa se refiere, rinden culto en especial a William Faulkner.  Su visión de lo regional es crítica y apriorísticamente comprometida... algunos de sus integrantes -siempre refiriéndonos a los narradores- no carecen de vivencias rurales, la mayoría son hombres de ciudad’...”  /  En otro párrafo, reiteré lo expresado por Víttori: “Así, se ha dicho que en Adverbio nos imponíamos trabajar temas en equipo (¿?), que entronizamos a Faulkner (¿quizás como una deidad pagana?), que cultivamos una deliberada literatura isleña por oposición a la bizarra literatura urbana de nuestros mayores; que adheríamos a la izquierda política o simpatizábamos con ella, que adoptamos el 'realismo socialista' o que practicábamos el antiperonismo...  ¿Qué hay de verdad en ello?  Vamos a ver qué nos dicen la memoria y los papeles.”  / Tal era el ámbito comarcal conocido por Saer antes de partir hacia Francia.  Es oportuno reiterar más información de José Luis Víttori -integrante de Adverbio-, difundida el lunes 22 de noviembre de 1982 en el suplemento “Cultura” del diario “El Litoral” de la capital santafesina:  A fines de diciembre de 1953, el sábado era día de reunión de jóvenes escritores en la casa que Manuel Mandón y señora, en la calle Río de Janeiro 845, “confiaban a su cuidado”. Integraban el grupo Adverbio Juana Elena Basso, Hugo Mandón, Alfredo Hugo Demaría, Hugo Gola, José María Paolantonio,  Osvaldo Benigni, Juan Pérez Cardona y José Luis Víttori, quien ha manifestado no recordar quién los había convocado y creía que podría haber sido alguno de los tres Hugo, probablemente Mandón, o Demaría o Gola, en ese orden... Pensaron “que el Verbo es una iniciativa reservada a Dios, que al escritor sólo le cabe interrogarlo, denotarlo, modificarlo... y Víttori, en aquella crónica anotó: “...siento a la distancia, la paternidad irónica de Mandón”.  Hugo Mandón fue el primer presidente de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores, filial Santa Fe). Nació en 1929, en Larrechea (pueblo de la provincia de Santa Fe). Poeta y destacado cuentista, falleció en la capital provincial, el 11 de febrero de 1981.

2Saer, Juan José. Responso. Buenos Aires, Grupo Editorial Planeta, 2000, 2ª edición 2002, p. 7-8.  Con relación a esas declaraciones de Saer, cita en la octava página: “Saer, J. J. ‘Yo escribí Taxi Driver’. En: Radar libros, suplemento de Página/12, 13 de diciembre de 1998.

3 Orbea de Fontanini, Nidia A. G.  Destaqué en Francisco Paco Urondo (Santa Fe de la Vera Cruz, 1930-1976) -veintiuna páginas sin diagramación-, la obra literaria de Urondo y es oportuno tener en cuenta que fue Director de Cultura de la provincia de Santa Fe durante el gobierno del doctor Carlos Sylvestre Begnis, desde junio del ’58 y durante trece meses, ya que renunció porque desde su punto de vista, “el presidente doctor Arturo Frondizi no cumplía con sus promesas electorales”.  Reiteré en ese trabajo, lo expresado décadas después por uno de sus amigos, Miguel Bonasso -director del diario Noticias en 1974-: “Y yo me acuerdo que una mañana golpearon la puerta, tocaron el timbre de una manera convenida y era Vicky Walsh, que se largó a llorar y me abrazó luego de que le abriera la puerta para decirme ‘lo mataron a Ortiz’.  Paco se había puesto como alias, como nombre de combate, Ortiz, en homenaje al poeta Juan L. Ortiz, y me dijo, lo mataron a Ortiz y me quebré, me puse a llorar.”  Tras ese párrafo  anoté: Juan Laurentino Ortiz era más conocido como Juanele Ortiz; nacido en Puerto Ruiz el 11 de junio de 1896. Cursó la escuela primaria en Villaguay,  se recibió de maestro en Gualeguay y a los 17 años viajó a Buenos Aires donde se vinculó con escritores y políticos, entre ellos Manuel Ugarte.  No aceptó el ofrecimiento para trabajar en el diario Crítica y volvió a Gualeguay para trabajar como empleado del Registro Civil. Con su esposa Gerarda Irazusta, tuvieron un hijo: Evar y se trasladaron definitivamente a Paraná -la capital entrerriana- en 1942.   A fines de la década del ’50 viajó a China, estuvo con Mao; también pasó por Madrid, París...  Jubilado no con los años cumplidos sino con “un retiro” porque según ha declarado ante periodistas “estaba cansado”.  Falleció el sábado 2 de septiembre de 1978. La desaparecida Biblioteca “Constancio C. Vigil” de Rosario,  en la década del ’60 editó tres tomos dedicados al destacado poeta entrerriano: En el aura del sauce. El escritor y académico José Luis Víttori, en uno de sus libros ­– “La región y sus creadores”, p. 65-, rememoró algunas vivencias junto al destacado periodista y escritor Luis Gudiño Krämer -otro entrerriano-, y contó que con su esposa Raquel Gómez, ‘compartían con él y Clorinda un plato de Quaker con leche y azúcar sentados en la vereda, mientras se conversaba animadamente.  Otros invitados eran Amado Villanueva y Marcelino Román.  Había otros menos íntimos, de paso, digamos, con quienes podía disfrutarse de una velada fuera de programa, como Juan L. Ortiz y Hugo Gola’.” // Al escribir sobre Rafael Barret (Cantabria-España, 1876), breve aproximación a la trayectoria de este autor, refiriéndome a su apasionado lector Juanele: “Este talentoso poeta entrerriano... fue detenido -como tantos periodistas y militantes políticos, cuando detentaban el poder ejecutivo nacional en la Argentina, los jefes de la autodenominada Revolución Libertadora que derrocó al presidente General Juan Domingo Perón, el 16 de septiembre de 1955.”  ¡Todo es historia de la Historia de los argentinos!... 

4 Saer, Juan José. La narración-objeto. (Ensayo)  Ilustración de cubierta: Juan Pablo Renzi “Bodegón ecléctico III, 1985, detalle.  Buenos Aires, Editorial Planeta Argentina, 1999, p. 109

5 Saer, Juan José. La pesquisa.  Buenos Aires, Seix-Barral, 1994, 2ª edic. Nov/1994; p. 117.

6<!--[endif]--> Capítulo – la historia de la literatura argentina, fascículo 55. Buenos Aires, agosto de 1968, p. 1303 y 1307 y 1310. Textos elaborados por Josefina Delgado y Luis Gregorich, redactado en el Departamento Literario del Centro Editor de América Latina, con lectura final a cargo del profesor Adolfo Prieto.

7 En el renglón siguiente, un comentario sobre “Rodolfo J. Walsh (1927, es el mayor en edad, de los narradores de este grupo...)” /  “Walsh es también destacado periodista, y su libro Operación masacre, notable y fiel crónica de los fusilamientos que tuvieron lugar en Buenos Aires y sus alrededores después de la revolución del 9 de junio de 1956, es considerado uno de los clásicos del género.” (Ob. cit., fascículo 55, página 1310)

8 En Una literatura sin atributos, edición de la Universidad Nacional del Litoral (1986, reeditada 19 de abril de 1988), p. 30. “Entrevista con Juan José Saer, realizada por Gérard de Cortanze.  Publicada en la revista francesa ‘Confrontation’, Nº 5, en la primavera de 1981, en una traducción de Pierre de Plare.”  En ese texto, el periodista preguntó: ¿Podrías desarrollar lo que escribiste en tu artículo publicado en septiembre de 1973, en Magazine Littérarie” Nº 151/ 152: “No escribo... etc. y en esa edición de Extensión Universitaria, se reitera tal texto con la indicación: “Escrito en 1979. Fue publicado en la revista Francesa ‘Magazine Littéraire’, de setiembre de 1979, en una traducción de Gérard de Cortanze”.  Es una diferencia temporal casi insignificante...

9 Antonio López Llausás era el gerente de la editorial Sudamericana­ en Buenos Aires y antes de cualquiera publicación consultaba con sus asesores, entre ellos -a partir de 1958-, el responsable Francisco Porrúa, su “lector secreto” (criado en la sorprendente Patagonia y residente en Buenos Aires mientras cursaba el Profesorado en Letras, quien en 1955 había puesto en marcha la editorial Minotauro. “Se quedó allí hasta 1971 y se marchó a Barcelona en 1977, porque ya no podía soportar -es lo que me dijo mucho después- tantas historias de muerte en la Argentina”; dejó a Enrique Pezzoni su puesto en Buenos Aires. En el año 2001, Porrúa vendió la editorial “Minotauro”...

10 Saer, Juan José. Cicatrices. Volumen Nº 179 de la citada colección, publicación del Centro Editor de América Latina, 1983, p. 9.

11Saer, Juan José. Biografía anónima en “Argumentos (1969-1975) a Arnaldo Calveyra.” Edición: La Mayor. Buenos Aires,  CEAL –Centro Editor de América Latina-, 1982, p. 106.

12 Saer, Juan José. Narraciones 2. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, Colección Capítulo, 1983, p. 410.

13 En Figueras, en la Plaza Gala y Dalí, sobre una columna de neumáticos se erige el monumento al pintor Messonier (del siglo XIX) y es admirable el Teatro Museo Dalí, con una sala donde es posible advertir los espejismos y las metamorfosis emergentes del talentoso artista catalán.  En un patio sorprende ver un coche que según informan allí perteneció a Hitler y donde crecen plantas y se renuevan los riegos...

14 Tras esa entrevista, Cable y Diario difundió el audiovisual La Pluma Incesante, con imágenes grabadas bajo la bignonia junto a Charito, la esposa de Gastón: Elba Rosaura Campana y textos completos de tales diálogos.

15 Saer, Juan José. La narración-objeto.  Ob. cit., p. 80-81.

16 Conrad, Joseph. La locura de Almáyer.  (Traducción directa del inglés por Rafael Marquina.)  Buenos Aires, Editorial Losada, octubre de 1938, p. 7-8.

17 Ibídem, p.  94-97; 99.

18 Ídem, p. 136.

19<!--[endif]--> Íd., 193-194.

20 En el citado fascículo de Literatura Argentina, referido a las revistas literarias, en la página 61 mencionan a sus amigos Ismael y David Viñas, quienes dirigieron la revista Contorno editada en el período 1953-1959. En esa colección de Capítulo, no están incluidos Gastón Gori (1915-17 de noviembre- 2004), la pluma incesante que editó aproximadamente cincuenta títulos, en total 86 ediciones al cumplir 86 años de edad... Tampoco incluyeron a José Luis Víttori, destacado periodista y escritor con vasta obra, ambos Miembros Correspondientes de la Academia Argentina de Letras. ¡Cuán visibles son algunas omisiones!... ¿Por qué será?...

21 Saer, Juan José. Narraciones 1. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, Colección Capítulo, 1983.  El volumen incluye: Sombras sobre vidrio esmerilado, Paramnesia, Fotofobia, Verde y negro, Fresco de mano, Barro Cocido (del libro “Unidad de lugar, editado en Buenos Aires, Galena, 1967 y la novela “Responso” dedicada a Roberto Maurer, primera edición en Buenos Aires, por Jorge Álvarez, en 1964.  /  En este párrafo, incluye partes de la novela elaborada por Juan José Saer entre los primeros días de diciembre de 1963 y enero de 1964, impresa por el CEAL, p. 97-98,101, 103-104; 107-109.

22 Ibídem. Responso, p. 112-114.

23 El 21 de septiembre de 1955, Juan Perón ya estaba a bordo de la cañonera “Paraguay” fondeada en la Dársena D del puerto de Buenos Aires, tras su decisión de alejarse del gobierno ante la amenaza de bombardear las destilerías de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires.  En esa embarcación luego fue trasladado a Asunción del Paraguay, primera escala de su prolongado exilio, hasta el momento de su retorno en 1973, durante la presidencia del doctor Héctor José Cámpora -vicepresidente Dr. Vicente Solano Lima. El 20 de junio de 1973: día del enfrentamiento entre dos sectores internos del movimiento nacional justicialista, con participación de grupos de la Tendencia, de la Jotapé Regionales -juventud peronista-  y de la Juventud Sindical, entre otras agrupaciones y fuerzas de seguridad: día de la atroz matanza en torno al palco instalado en Ezeiza...

24 Saer, Juan José. La Mayor. Buenos Aires, CEAL, 1982, p. 95-96.  “Argumentos (1969-1975) a Arnaldo Calveyra.

25<!--[endif]--> Ibídem. “De las siestas de otoño” (p. 115). Escrito durante sus primeros años de residencia en Francia.